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Mad Men no es ciencia ficción

Ivannia Murillo

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He de empezar diciendo que, en épocas de confinamiento social, Mad Men podría ser una buena opción. Si bien es cierto, es una serie algo lenta, retrata de manera brillante una época que parece que no quedó del todo atrás. “Los hombres de Madison” como prefiero llamarla, es una serie que se transmitió más o menos del año 2007-2015 por cable, ahora disponible en Netflix, por aquello que quieran verla.

Se ambienta en Nueva York en los años 60´s y retrata muy bien la realidad de muchos espacios: la familia, la empresa, el país, el matrimonio, entre otros.

Debo confesar que cuando veo ciertos capítulos, no puedo evitar sentir cierta indignación al ver conductas sexistas, orientadas a las mujeres, principalmente: Acoso sexual, comentarios referentes al cuerpo casi como un intercambio de mercancía y la dificultad de la mujer para ser reconocida en un ámbito tradicionalmente masculino, son apenas algunos de los ejemplos.

En esta serie, que retrata una agencia de publicidad, los roles de género están claramente marcados dentro y fuera del espacio laboral: las mujeres son secretarias, amas de casa, amantes, esposas o, a veces, una mezcla de varias. Cualquiera que sea el rol, está cargado de una demanda a veces no tan implícita de servir, complacer, conciliar, siempre desde un lugar que exige perfección.

Peggy, es una mujer que ingresó a la agencia a trabajar como secretaria de uno de los socios más importantes de la firma y, gracias a su inteligencia, pericia, atrevimiento y creatividad, logró convertirse en “Key Talent”, como diríamos en el argot de recursos humanos. No fue fácil el camino para llegar ahí y tampoco creo que esa sea la ruta que muchas mujeres queremos seguir.

Cuando una mujer llega a una posición de liderazgo podría caer en la trampa de poner sobre el escenario, de forma consciente o no, los roles de género tradicionalmente asignados a lo masculino: fuerza, vitalidad, poder de mando, razón antes que intuición, entre otras muchas. Es decir, “tengo que comportarme como el sexo contrario para triunfar”, “no puedo mostrarme débil” “tengo que ser fuerte” “no puedo fallar”. Sí, es probable que a todas las personas tengamos esas demandas sociales sobre nuestros hombros, pero mi experiencia trabajando con mujeres profesionales, me dice se acrecienta en mis congéneres, principalmente cuando estas deben de liderar en un ambiente masculino.

En una ocasión, en mi rol de headhunter, solicité referencias laborales de una ejecutiva y al decirme todas las fortalezas, los logros, sus incidentes críticos de éxito, la persona que me dio las referencias indica: “Es como un mae”. Para quienes me leen fuera de Costa Rica, mae es una palabra popular para referirse a una persona (hombre o mujer). En este caso, mi contacto hacía referencia a un hombre. Me quedé pensando: “¿Es tan buena que se parece a un hombre’” o si es mujer ¿No es tan buena? “¿Es exitosa porque se parece a un hombre?” “¿Sus éxitos son fruto de parecerse a un hombre?”. Agradecí las referencias y me quedé con la inquietud de ofrecerle una capacitación en temas de género a la empresa donde trabaja mi contacto.

El tema acá es que el género, al igual que cualquier otro constructo social, es un aprendizaje. ¿Qué hemos aprendido con Mad Men? ¿Qué he aprendido con este artículo?

Yo he aprendido que aquellas personas que estamos en una condición de privilegio dada por el empleo, la educación o cualquier otro factor, debemos enseñar a otras a des-aprender esos patrones adquiridos socialmente. Según el Foro Económico Mundial, hacen falta más de 150 años para lograr la equidad de género en todos sus niveles, ¿Qué tal si vos y yo aceleramos este cambio? Finalmente, el confinamiento me ha enseñado que las transformaciones globales pueden lograrse en semanas o días, que los seres humanos somos una especie resiliente y que las series como Mad Men pueden ser un camino al cuestionamiento. Empecemos por ahí, cuestionémonos que es aquello de mis pensamientos, mis creencias y mis acciones que hacen que este mundo sea más desigual.

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